“Quítame la vida y deja vivir a mi hijo…”
Como si esas palabras silenciosas salieran de su mirada apagada, la madre perra yacía sobre el suelo helado. Su cuerpo temblaba, no por miedo, sino por el frío que mordía sus huesos y la debilidad que la consumía lentamente.
Había pasado días sin comer, semanas sin un refugio, meses sin que nadie la mirara como algo más que una sombra callejera.
Pero aún así — no se movía.
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Debajo de su pecho huesudo, pegados a su piel áspera y congelada, sus pequeños cachorros buscaban calor, alimento, una promesa de vida que ella ya casi no podía dar. Cada vez que uno de ellos lloraba, ella levantaba la cabeza apenas unos centímetros, como si con ese gesto pudiera decir:
“No lloren… mamá todavía está aquí.”
Su respiración era lenta, entrecortada, como si cada inhalación fuera una lucha entre la vida y la muerte. Y aun cuando su cuerpo le pedía rendirse, su corazón — ese corazón agotado pero inquebrantable — seguía latiendo solo por ellos.

La nieve se acumulaba sobre su espalda.
El viento la castigaba sin piedad.
La noche caía más oscura cada minuto.
Pero ella permanecía inmóvil, aferrándose a la pequeña esperanza de que alguien, cualquiera, los encontrara. No para salvarla a ella — ella ya había aceptado su destino — sino para salvar a los únicos seres que significaban todo en su mundo.

Porque incluso al borde del último suspiro…
Incluso cuando la vida la abandonaba lentamente…
Su mirada seguía gritando la misma súplica desesperada:
“Si yo no puedo seguir… por favor, deja vivir a mis hijos.”