“En el cuenco frío y vacío, el perro temblando seguía esperando al dueño que lo había abandonado para siempre… hasta que un extraño se arrodilló, vio su desesperación y salvó su vida que se extinguía.”…LUC

En el frío intenso, el perrito se acurrucaba al borde del camino, abrazando el cuenco vacío como si se aferrara a la última pizca de esperanza. Ese cuenco solía ser señal de que su dueño regresaría: de que habría comida, una caricia o simplemente una mirada para él. Pero día tras día, hora tras hora, solo recibía el viento helado, el polvo del camino y el silencio desgarrador.

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Sus ojos estaban hundidos, rojos por el cansancio, pero aún fijos en el viejo camino, donde creía que aparecería su dueño. Nadie sabía cuánto tiempo había esperado. Nadie sabía cuándo había comido por última vez. Su pelaje estaba desgreñado, su cuerpo tan delgado que se le veían las costillas, pero aún intentaba aferrarse al cuenco, como si mientras estuviera allí… el amor no hubiera desaparecido del todo.

Entonces, en lo que pareció el momento más desesperado, un desconocido se detuvo. Vio no solo a un perro hambriento, sino un alma que luchaba por aferrarse a la vida con la última y frágil esperanza. El hombre se arrodilló y posó suavemente la mano sobre la cabeza del perro. Y el perro, aunque asustado y débil, intentó levantar la vista, como preguntando: “¿Me ves? ¿De verdad me ves?”.

Con tan solo ese toque… su vida cambió de rumbo.

Lo recogieron y lo llevaron a un lugar cálido, con comida, agua y el olor de una persona. De ser una criatura abandonada en el frío, pasó a llamarse Chance: la segunda oportunidad que merecía. Ahora, su plato siempre estaba lleno y, por primera vez tras tantos días de espera desesperada, durmió profundamente en brazos seguros.

Y ese corazoncito… por fin dejó de temblar de soledad.