Yacía inmóvil en medio de la habitación del hospital, su cuerpo demacrado no era más que piel y huesos; estaba débil y temblaba, con vías intravenosas entrecruzadas y un vendaje blanco que cubría la parte más dolorosa. Cada respiración era un susurro frágil, como si temiera que un movimiento más pudiera romperlo por completo.

Había soportado demasiado: el abandono, la enfermedad, el frío, la indiferencia… y aun así, en esos ojos cansados seguía brillando un rayo diminuto de esperanza. No pedía comida, ni calor, ni siquiera consuelo. Solo pedía algo que pocas veces había recibido: una oportunidad más de vivir.

Su cola, que alguna vez debió moverse alegremente, apenas lograba estremecerse. Su cuerpo, exhausto, parecía rendirse, pero su corazón todavía luchaba. Como si, en el silencio de esa habitación fría, él repitiera una y otra vez: “No me dejes ir… aún quiero quedarme.”

Y mientras los monitores sonaban suavemente y el suero continuaba goteando con paciencia, la escena entera parecía suplicar por él. Suplicar que esta pequeña vida, tan herida pero tan valiente, encontrara el milagro que llevaba tanto tiempo esperando: el milagro de ser salvado, de ser amado, de volver a sentir que el mundo no siempre es un lugar cruel.