En un barrio atestado de Chonburi, donde las calles hierven de ruido y tráfico incesante, la tragedia de Tay-Tay se escribió con sangre y lágrimas. Alguna vez fue el fiel compañero de un hombre despiadado, un narcotraficante que solo veía en él un guardián sin voz. Pero en un instante de furia y miedo, aquel lazo se rompió para siempre.
Durante una persecución policial, Tay-Tay, confundido y aterrado, desgarró accidentalmente una bolsa de mercancía prohibida. Fue suficiente para sellar su condena. El hombre, temblando ante la idea de ser descubierto, descargó toda su rabia contra el inocente animal. Con un gesto frío y cruel, lo levantó y lo lanzó a la calle, allí donde rugían los motores y los claxons como cuchillos.
El impacto fue brutal. Un segundo bastó para destrozar su cuerpo: las ruedas implacables de un coche lo arrollaron, arrancándole sus patas traseras y con ellas la posibilidad de volver a correr. Más que huesos rotos, lo que quedó en el asfalto fue un corazón despedazado, una vida quebrada por la maldad humana.

Tay-Tay quedó allí, tendido, jadeando entre polvo y sangre. Sus ojos, dos espejos de dolor, buscaban en vano una razón, una chispa de compasión. Los coches seguían pasando, indiferentes, mientras él se aferraba a la vida con la poca fuerza que le quedaba. Cada bocinazo era un recordatorio de que ya no era más que un desecho en medio del caos urbano.

Pero entre tanta indiferencia surgió una chispa de humanidad. Vecinos conmovidos lo levantaron del asfalto, temblando al ver el cuerpo mutilado y frágil. Lo llevaron a un refugio, donde por primera vez alguien acarició su frente con ternura. Allí, entre vendas y lágrimas, comenzó una lenta batalla contra el dolor, contra la traición que le había robado no solo las patas, sino también la confianza.
Hoy Tay-Tay sobrevive, no por lo que le dejaron, sino por lo que le devolvieron: la dignidad. Su cuerpo mutilado recuerda una herida que nunca sana, pero sus ojos, aunque marcados por la tristeza, llevan escondida una pequeña luz. La esperanza de que, quizás, algún día los humanos aprendan que la vida de un perro jamás debería ser moneda de odio o de miedo.