En un rincón invisible para la mayoría, yacía un pequeño ser cuyo único pecado fue nacer indefenso. Su cuerpo frágil, marcado por heridas y costras, contaba una historia de abandono prolongado, de días sin alivio y noches sin consuelo. No gritaba, no huía; solo miraba. En sus ojos cansados se reflejaba una súplica muda: la esperanza de una mano amable, de una caricia sincera que le confirmara que su vida importaba.

El dolor no siempre se manifiesta con ruido. A veces se esconde en el silencio, en la quietud de quien ya no espera demasiado. Este ángel olvidado aprendió demasiado pronto que el mundo puede seguir girando sin detenerse ante el sufrimiento ajeno. Cada herida era una pregunta sin respuesta, cada día una prueba más de resistencia en soledad.

Historias como esta no son excepciones; son reflejos incómodos de una realidad que preferimos no mirar. El abandono no siempre es visible, pero deja marcas profundas, tanto en el cuerpo como en el alma. Amar, cuidar y proteger no debería ser un privilegio, sino una responsabilidad compartida.
Recordar a este ángel es un llamado urgente a la empatía. Porque ningún ser debería crecer —ni morir— sin saber cómo se siente ser amado. Y porque todavía estamos a tiempo de extender la mano, antes de que el silencio vuelva a ganar.