Estaba ahí, entre la suciedad, el frío y el olvido. Su cuerpo, tan débil que apenas pesaba, parecía rendirse ante el dolor, pero sus ojos… sus ojos seguían abiertos, buscando. Suplicando.
No ladraba. No se movía. Solo temblaba. Respiraba tan suave que daba miedo acercarse por si ese aliento era el último.

Las costillas se marcaban como ramas quebradas bajo su piel estirada. Las heridas viejas hablaban de una vida dura, y las nuevas… de alguien que nunca tuvo una oportunidad justa.
Pero lo más doloroso no era su estado físico.
Era que nadie lo había notado.
Que su dolor había sido invisible.

Hasta que lo vi.
Y cuando nuestras miradas se cruzaron, entendí que él aún no se había rendido.
A pesar de todo, seguía esperando amor.
Seguía creyendo que alguien, en algún lugar, lo consideraría digno de ser salvado.
Ese día, no lo curé.
Pero lo cargué con cuidado, le prometí que no volvería a estar solo,
Y por primera vez en mucho tiempo…
Él cerró los ojos no por resignación, sino por descanso.